lunes, 27 de julio de 2009

Hoy todo está silencioso, silencioso como nunca o como siempre tal vez. Sólo puede escucharse el débil respiro de mi ser. Mis pensamientos son casi gritos en mi cabeza, escapando por mi boca quebrantan el siniestro silencio salvándome así de la locura. La penumbra hace invisibles mis sangrantes lágrimas que brotan sin aviso de aquellos mis ojos. Existe un momento en el que me encuentro totalmente ciego, mis ojos son mis oídos. Me levanto del sofá y me dirijo hacía la mesa, tomo mi té amargo como de costumbre, observo la fotografía al pie de mi buró y sonrío pero pronto termina mi momento de alegría; mi memoria invade rápidamente mis pensamientos y desata en mí nuevamente un llanto tenue pero inconsolable. No estoy seguro aún de cual fue el sentimiento que desató mis lágrimas, ¿cómo saberlo? caigo herido en mi cama protegido por mi delgada sabana. Termina de llover en mi rostro. Recuerdo el día en que murió, la odie tanto por dejarme aquí sólo, lastimado. Ella despidiéndose sabedora de que no volvería ni miraría hacía atrás, hacía mí.Estoy cansado, pausada y repetidamente cierro los ojos, luchando por no entrar a ese mundo y perdiendo finalmente. Despierto sediento, me levanto del sofá y me dirijo hacía la mesa, tomo mi té, muy amargo como de costumbre. Observo la fotografía el pie de mi buró y sonrío, pero mi alegría memoriosa es interrumpida por el timbre de la puerta. ¿Quién? Pregunto y una voz conocida contesta. Me quedo sin aliento, no puedo moverme, tomo mi té muy amargo como de costumbre, abro al fin la puerta; ella entra bañada en lágrimas, latinada por la decepción del amor. Al fin feliz la abrazo fuertemente. La pesadilla ha terminado.